CUENTO UNO
EL RAPTO
Escondidos debajo de los palos de café, que
bordeaban el camino, el padre y su hijo, esperaban el momento propicio para
entrar en la casa. La casa estaba en un pequeño barranco desde el cual se podía
divisar una gran extensión del cafetal, un potrero donde reposaba una yegua mora, cuyo
pelaje desteñido por el paso de los años dejaba entrever su avanzada edad; aun
así, todos los sábados y durante todo el día, ésta tiraba del palo que hacía
gira la rueda acerada del trapiche, haciendo desangrar la caña de azúcar
introducida en él para sacar el guarapo, que luego se pasaba a grandes pailas
para luego convertirlo en una melaza semi-sólida que empezaba a enfriarse sobre
una gran mesa de madera, donde manos expertas le daban la forma esférica final
con ayuda de un cuenco; también de
madera. Ese sábado era destinado únicamente para la molienda, y producir unos
cien atados de panela, que eran sacados al pueblo y vendidos en la galería, sin
ningún intermediario.
Esperaban el momento, la casa debía quedar
sola; la hermana y su esposo habitaban allí, en esa pequeña parcela desde hacen
unos tres meses, habían llegado del Dovio, donde habían pasado cinco años,
probando suerte en la siembra de arracacha y no le había ido muy bien, era
tiempo de probar con el café, para ver si cambiaba un poco su destino. Tenían,
además, un niño de tres años. Pelo crespo, la madre lo peinaba en grandes
bucles que caían sobre su frente y a cada lado de su cabeza como enormes
cascadas de cabellos ensortijado, semejando zarcillos cucurbitáceos. Ojos
saltones de color marrón, mirada perdida en la distancia, buscando en el
infinito una respuesta a su soledad que le tocaba vivir desde que sus padres
salían al tajo, a terminar la faena del día. O hasta que alguno de los dos,
generalmente la madre, dejaba el sitio de trabajo para venir a darle una vuelta
al crio, y poder constatar cómo estaba. El niño pasaba la mayoría de las horas
jugando solo, entretenido con las correas de las cinchas de las bestias y los
aparejos que le colocaban a la yegua para la faena de los días sábados. Como
juguetes tenía un trencito de madera, hecho por el abuelo, un carro de bomberos
roto y sin llantas, el cual arrastraba por el patio de tierra que circundaba la
casa. Era un niño que, en medio de soledad, era feliz. Su cuerpo ágil de niño
sano, manos, que demostrarían más adelante su facilidad para dibujar, y
especialmente para sanar. Sus largas piernas le permitían correr alrededor de
la casa, y llegar rápidamente a los sitios más recónditos de la casa cuando le
tocaba esconderse, o cuando presentía que le iba a azotar por alguna travesura
cometida.
El momento se presentó; la hermana y su
conyugue salieron de la casa dejando solo al niño jugando con su carro de
bomberos en el corredor; un largo zaguán que recorría todo el frente de la
enorme casa, si era una gran casa para solo tres personas; ocupaban únicamente
dos habitaciones, de las cuatro que tenía. Contaba además con una cocina, y
alrededor, formando una ele, habían, una cochera para la crianza de unos
cuantos cerdos, un gallinero rodeado por una malla metálica que circundaba un
enorme árbol de niguito donde las aves buscaban sus ramas para dormitar en las
noches, y la ramada para el benficiadero del café.
La hermana y su compañero, pasaron cerca de los
palos de café donde estaban escondidos el padre y su hijo, y éstos escucharon
las frases que decían la pareja.
-Es un día maravilloso, no te parece mujer.
Ella mirando lo florido que estaba el cafetal, no respondió. Su mente estaba
ocupada en el niño, su instinto de madre, le anunciaba que algo no estaba bien.
-Es un día maravilloso, no te parece mujer,
volvió a repetir, el hombre, esta vez un poco más fuerte, ella, volviendo a
mirarlo, responde: Sí, pero parece que en la tarde va a llover, mejor
apresuremos el paso, para volver rápido y no dejar al niño tanto tiempo solo.
Aligeraron el paso y se perdieron en el recodo del camino, donde sus figuras se
iban desvaneciendo en la distancia hasta perderse totalmente de la vista del
padre y su hijo. Esperaron unos minutos más, y salieron de su escondite, con
premura, corrieron las trancas que franqueaban la entrada a la casa. Para
acceder a la casa tenían que cruzar una portada hecha con dos guaduas
enterradas a los lados, como dos postes, cada guadua tenía cuatro huecos por
los cuales se introducían guaduas más pequeñas formando un entramado grande
rectangular con otros más pequeños. Al
llegar al patio de la casa, el niño, reconoció a los recién llegados, le eran conocidos
y sonrió al verlos y llegó corriendo hasta donde estaban ellos. Pues eran su
abuelo y su tío. El abuelo lo cargó alegremente, y caminó por el patio con él
un rato, el tío miraba para todos los lados, buscando en algún sitio una
disculpa para lo que estaban intentando realizar. O algo que pudiera entorpecer
la tarea que estaban empezando. En la mente del padre e hijo pasaban miles de
situaciones, pensamientos que evocaban la llegada de ese niño al mundo. El día
en que la madre se lo había llevado de la casa paterna, y el momento feliz en
que la familia lo había encontrado de nuevo, o mejor, cuando lo vieron pasar
por el sendero frente a la gran hacienda, al lomo de la yegua, una tarde, de un
tranquilo domingo, hacia la nueva parcela que ocupaban ahora.
El tiempo parecía interminable, y las horas
estaban como suspendidas; el padre y su hijo, parecía, aun, estar escondidos
bajo la sombra del cafeto; admiraron lo grande que estaba el niño, su recuerdo
se remontó al día en que nació, y los seis meses después, cuando la hermana
había tomado la decisión de irse de la casa y llevarse al bebe. Desde esos dos
momentos memoriales, no se había sabido nada del niño, ¿Dónde estuvo durante
todo este tiempo, con quien estuvo, había sido feliz, cuando sintió hambre le
darían comida? Todas estas preguntas pasaban por cada una de las mentes de
padre e hijo, muchas más.
Ya estaban llegando a la puerta de trancas, con
el niño en brazos, cuando una voz de mujer les hizo volver la vista, - ¡Hola
padre y hermano, como están ¡- Era la madre del niño que había llegado por la
parte trasera de la casa, sin que ellos lo vieran, para ver como se encontraba
su hijo.
Las piernas del padre empezaron a temblar, y su
piel empezó a sudar, tratando de disminuir la temperatura de su cuerpo que
había subido en unos cuantos grados en pocos segundos; desde que escuchó la voz
de su hija, hasta que la vio, al darse vuelta.
Sus ojos se encontraron, y la angustia
confundida con ira, temor, rabia de todos los presentes, fue disminuyendo poco
a poco, como la luz de la tarde al llegar la noche, como cuando las nubes
cubren la luna y se va opacando la tonicidad del rayo de luz que desprende.
Como disminuye el caudal de un tanque al ser filtrado por una gota que se
escapa sin prisa de la tubería que contiene el precioso líquido y lo conduce
hasta su interior.
El hermano, con el susto de la voz de su
hermana, trató de refugiarse detrás de la figura de su padre, con tan mala
decisión que rodó por tierra en el intento, y solo pudo llegar hasta los pies
de su padre, que también asustado no supo que decir. Sus ojos desorbitados
miraban desde abajo a su hermana, parecía que estuviese viendo un espanto, como
los que contaba la abuela en las noches de tormenta, cuando nos reuníamos en su
aposento a escucharla. La veía más
grande y fuerte, el recuerdo que tenia de ella, antes de marcharse de la casa,
era de una mujer flacucha, débil y con el cabello corto, ahora, tenía grandes
brazos, piel curtida por el sol y un cuerpo bien formado que el trajín de la
molienda y el trabajo en el cafetal había moldeado. Una enorme y larga
cabellera sobresalía del sombrero que llevaba, y contrastaba con los rayos de
luz que le adornaban y le hacían ver más reluciente, valiente y decidida.
El niño, al ver el rostro de su madre, sonreía,
y agitaba con agrado los brazos, invitando al abuelo que los dejara libre para
correr hacia ella; así lo hizo, y en pocos segundos estaba colgado del cuello
de su madre, y balbuceando unas cuantas frases que no tenían traducción, pero
que todos sabían lo que decían y estaba sintiendo. Se fundieron en un abrazo
interminable y compartieron sus alientos y calores corporales, parecían un solo
cuerpo con dos colores, el negro de los rizos del niño, y los plateados por el
sol de la madre.
La madre caminó lentamente con su niño en
brazos, hasta una gran banca localizada en el corredor de la casa, tomó
asiento, y empezó a barruntar lo sucedido.
Una pregunta rondaba en su cabeza: ¿iban a
llevarse a su niño? No quiso preguntar, para no encontrar respuesta.
Su padre y su hermano, no salían de su asombro,
y aun, estaban sin saber qué hacer, le contarían, a que habían venido, o solo
pasaban por allí a saludar, y preguntar por los días pasados fuera de la
familia, cuando decidió emprender sola, su nuevo rumbo.
Reponiéndose de su gran susto, el padre y su
hijo, le pidieron que si podían pasar a sentarse junto a ella. Así lo hicieron y al cabo de un rato estaban
los tres y el niño al lado, conversando sobre el pasado y presente de la
familia. Y el acontecimiento que acaba der suceder.
¿Cuándo se dieron cuenta que estábamos por
estos lados?, si la casa de ustedes está lejos de aquí, pregunta la madre. –un
vecino conocido te reconoció en el Dovio, y me lo ha contado, dijo el padre. Me
contó donde vivías y como llegar hasta aquí. Otra tarde vimos pasar al niño,
frente a la casa montado con un desconocido en el lomo de una yegua.
-Como está mi madre?, preguntó, la hija, bien y
en la casa, cuidando a tu otro hermano pequeño, casi de la misma edad, que la
de tú hijo. Respondió el padre. El
hermano, escuchaba en silencio, y miraba la entrada de la casa, como vigilando
que nadie más, llegara a perturbar ese gran momento.
Entre preguntas y respuestas, padre e hija se
pusieron al tanto de todas las cosas que habían pasado durante los años en que
se habían distanciado. El cambio de fincas, los cultivos de arracacha, la
molienda y producción de panela y demás situaciones cotidianas que se
realizaban en aquellos lugares campesinos.
Por fin, la hija se decidió a hacer la pregunta
que le carcomía su interior, ¿se querían llevar el niño? Dijo, sin más
preámbulos, el padre un poco descompuesto, como si lo hubiesen descubierto y
cambiando la mirada hacia los cultivos de café, dijo: no, no. Solo vinimos a ver como estaban y
saber que podemos hacer por ustedes. Porque cuando te fuiste de la casa, ibas
con el niño, y ahora, con este señor que no sabemos quién es. El hermano seguía
en silencio, guardaba en su interior la duda que seguía carcomiendo su pensar: ¿nos
llevaremos al niño? Cuando la hermana lo miró y le hizo la misma pregunta, fue
saliendo de su mutismo y silencio despacioso; yo solo vine a acompañar a mi
papá, no sabía a qué veníamos ni tampoco donde, dejamos las bestias amarradas
en el naranjo cerca de la quebrada, allí abajo. Subimos a pie, hasta aquí. Fue
grande la sorpresa y aun la tengo, al saber que eras tú. Repuso el hermano. Su
mente lo llevó a un recuerdo lejano, cuando lo invitaron a ver un ganado en el
Dovio; un amigo, lo llevó hasta allí, y durante la feria le había parecido ver
a su hermana, en un extremo de la plaza de mercado, la cual visitaron después
de asistir a la feria ganadera. Pero había muchas personas y no pudo
alcanzarla, tampoco pudo ver hacia donde se dirijo, y así perdió el rastro, y
la idea, si era su hermana o no. La recordaba totalmente diferente a como la
veía ahora.
El hermano, sintió una alegría reprimida por
más de tres años, ahora la veía de nuevo, y olvidando a que había venido, dejó
que su mente lo llevara por los mejores recuerdos vividos a su lado, cuando
trabajan duro y parejo en la parcela del abuelo que le habían asignado a su madre
para que cultivaran la tierra y poder progresar como familia numerosa que eran.
Un enorme sentimiento de hermanos, compartían al ser los mayores de esa enorme
familia. Y en el fondo, se pensaba que los dos niños, este solitario y a veces
vagabundo como su madre y el que estaba en la casa paterna debían criarse
juntos como dos hermanos más de esa hermosa familia que luchaba junta, sufría
junta y compartían hasta los nombres de las mujeres y hombres, tenían nombres
compuestos, el de ellas empezaba por María seguido del segundo nombre y el de
ellos, por José y otro nombre más. Por ejemplo, María Emperatriz, y José
Eustaquio.
Habían transcurrido tan solo 15 minutos desde
aquel encuentro, y conversación en el corredor de la casa, iba siendo la hora
del algo, y la hermana los invitó a pasar a la cocina para tomarlo. El padre y
el hijo no aceptaron, se despidieron, alejando que debían estar en la casa a
esa hora, para compartir el algo con el resto de familia que los esperaba, y
era costumbre de estar juntos siempre a esa hora de la tarde. Se despidieron
con un apretón de manos. Y salieron rumbo hacia la quebrada donde los esperaban
el caballo rucio y la mula ruana en los cuales habían cabalgada desde la gran
casa materna hasta allí. Este recorrido lo había hecho en treinta minutos.
Ahora debían apresurarse y llegar en menos tiempo. Además, con aquella noticia:
habían encontrado la hermana y el niño. Pero no habían podido sacarlo de la
casa, porque algo no salió bien.
Llegaron a la casa, y eran esperados por el
resto de la familia, al verlos entrar, la matrona, sintió que el presentimiento
que había sentido se había cumplido, no se pudo traer el niño. Lo barruntó en
su corazón horas antes, cuando sintió posarse en su manos tiernas y cálidas una
enorme araña, la cual se fue bajando despacito de sus falanges sin dejar ningún
rastro, y cuando ella miró donde estaba la sombra de la araña, ésta se había
convertido en una hermosa mariposa de variados y vistosos colores.
El padre arrimó su mula hasta el borde de la
baranda que surcaba el corredor de la hacienda y desmontó con una agilidad
pasmosa, la cual había aprendido durante sus días de audaz arriero. Su hijo
llegó un poco después y se bajó de su montura con la premura de un caracol.
Todos estaban esperándolos, y al verlos llegar
sin el niño, se fueron escabullendo por todos los rincones de esa enorme
construcción. Solo la madre con el corazón acongojado por la tristeza, esperaba
las explicaciones del caso. El padre se acercó y sin más comentarios dijo: “hoy
no hemos podido, pero otro día será”. Y comenzó a contarle en detalle lo que
había sucedido.
Transcurrieron dos meses después del primer
intento del rapto del niño, la idea se iba rezagando en el pasado a medida que
pasaban los días cálidos algunos, fríos otros tantos y con incertidumbre en el
corazón y con el pensar de la mamá, los demás.
En las noches de los primeros días del mes de
mayo, la abuela del niño, comentaba a su esposo, acurrucado a su lado, la idea
de que los dos niños vuelvan a estar juntos. Y se pasaba largas horas haciendo
grandes sueños, viéndoles crecer y correr juntos, hasta en una gran
imaginación, haciendo uso de su enorme conocimiento, había leído la mayoría de
los clásicos que pudo tener a la mano en la gran biblioteca de su padre, la
cual visitaba a escondidas. Imaginó y
vio en muchos sueños a sus niños convertidos en profesor al monito y de médico
al de los crespos negros.
En la madrugada del tres de mayo, día jueves,
después de remontar la enorme cruz, en la colina trasera de la hacienda, la
cual se erigía como la protección de la familia y se alcanzaba a ver desde gran
distancia, el abuelo tomó la decisión de ir de nuevo por el niño de pelo
ondulado.
Ensilló la mula Rusia con su mejor montura y
salió sin hacer el menor ruido y sin avisar a nadie, cabalgó el trayecto que
separaba la hacienda de la finca donde estaba su hija. Durante el recorrido
iban dibujando en su mente el plano de palabras que debía decirle a su hija
para que le dejara traer al niño. Llegó hasta la entrada de la casa, se
apresuró a saludar, pero no escuchó respuesta. Camino por el entorno de la
casa, y encontró al niño, solo, jugando con su carro rojo, el cual llenaba de
tierra y volvía a vaciar. El niño al ver al abuelo, sale corriendo a su
encuentro, le tiende sus manos y se abalanza hacia él, fundiéndose en un gran
abrazo. Salieron cogidos de la mano hasta donde estaba amarrada la mula. El
abuelo seguía mirando a su alrededor para ver si encontraba a alguien y
constató que no había persona alguna a su alrededor. Tomo su cabalgadura con el
niño crespo entre sus brazos y azuzó la bestia para que iniciara el recorrido
de vuelta a su casa, en el menor tiempo posible. Mientras la mula se desplazaba
por el camino surcado de alambrada y en cada tramo un poste de un árbol de
hojas rojas y flores violetas que, al ser cortado, lastimado a partido; del
sitio de la herida empezaba a emanar una secreción lechosa y pegajosa, resina,
parecida a la colofonia, irritante al tacto con la piel. Y muy utilizado para
combatir la hormiga arriera ya que ésta no lo corta para transportarlo hasta su
nido. ¿Se iba configurando su pensamiento y su destino, que pasará cuando su
hija llegue a la casa y no encuentre a su hijo? ¿Qué reacción tendría el esposo
de su hija y cuidador del niño, aunque no era su padre biológico? Con todas estas inquietudes en su cabeza y en
medio de una leve llovizna que empezaba a caer, empapando todo en su caída,
llegó a su casa, la hacienda grande y fresca, donde la gran cruz le daba la
bienvenida a él y a todo el que llegase hasta ese lugar.
Desmontó, y entregó el niño de crespos, los
cuales yacían desordenados por todo su cabeza, así como las ideas del abuelo,
al tío mayor, que estaba en ese momento cerca de la puerta de acceso a las
habitaciones.
La abuela, salió luego desde la cocina, y al
ver a su nieto, el futuro médico de acuerdo a su predicción barruntada desde
días atrás, lo atrajo con la mirada, lo cargó y estampándole un gran beso en su
frente, lo santiguó y elevando una oración al creador, le dio con un fuerte
abrazo, una calurosa bienvenida.
Una sombra fantasmal se formaba detrás de la
gran cruz, erguida en la explanada trasera de la gran hacienda. Era la madre
del niño de crespos, había seguido muy de cerca al abuelo, y se había escondido
detrás de la enorme señal penitencial de los cristianos. Sus ojos inundados por
la lagrimas veía las imágenes como fantasmas, le rompían el alma. y oía las
escenas que pasaban en el corredor de la gran hacienda. Su corazón con la
pasión, y su mente con la razón, tuvieron que enfrentarse. Ante ese gran dilema
que le oprimía su existencia; darle gusto a la pasión del corazón y correr tras
del pequeño, arrebatársele del regazo de la abuela y salir a toda prisa, de
nuevo para su casa, quedándose con él para siempre. Y la razón de su mente, al
pensar que era lo mejor para el niño, dejarlo allí con sus familiares, para que
nunca más estuviese solo.
Su
cuerpo temblaba, su mente y corazón luchaban, su sangre circulaba a borbotones
irrigando de oxigeno todo su cuerpo, y sus pulmones se ensanchaban y comprimían
con un frenético respirar y sin parar. Solo la fresca brisa de la tarde noche, haciale
compañía, le acariciaba con sus eternos brazos sus pensamientos y sensaciones,
ayudándole sin querer a tomar una decisión.
Estaba sola, más sola que nunca. Ni siquiera las sombras le acompañaban,
estas como presintiendo el dolor que su amargura se había formada en línea
recta con su figura y formaban un solo ser, un cuerpo único desesperado por la
agobiante circunstancia.
Tomó un último suspiro, se sacudió las sombras
de su ropa, recogió su larga cabellera, pasó sus manos por los ojos y la cara,
quitando con sus dedos cada una de las gotas lagrimeantes que aún le quedaban
en el rostro.
La razón iba ganando la partida, y aunque el
corazón no se vencía, constreñido de dolor palpitaba con furor en el interior
de su pecho. Se puso de pie. Y con un largo suspiro que inundó de nostalgia
toda la comarca, dio la espalda y enrutando sus pasos de regreso, dejó en el
ambiente un largo adiós, nadie la oyó, solo su grito y llanto silencioso
trepanaba sus sentidos e impregnaba de dolor toda la naturaleza a su alrededor.
Se llenaba de tristeza y amargura su caminar y sabiendo que había dejado una
gran parte de su vida, se fue alejando en busca de la soledad de la noche para
nunca más volver a aquel lugar donde dejaba en buenas manos su tesoro más
preciado. Sus pasos se fueron perdiendo en la distancia y terminaron por
fundirse con la oscura noche, hasta convertirse un punto más negro que la
amargura que llevaba dentro.
AGOBARDO BOHORQUEZ PUERTAS
Marzo
25- 2020
Comentarios
Publicar un comentario