CUENTO TRES
EL
ARRIERO
El tabaco, sostenido en su boca, desprendía un
hilo en espiral que el viento rezagaba por la gran hondonada dejada por las pisadas de las mulas y caballos al pasar,
en sus ires y venires, las ramas de los arboles enredaban su pensar;
debía llegar con su carga a la fonda más cercana antes de que la lluvia se
hiciese más fuerte, poder descansar de ese fatigoso viaje que emprendió a las
cinco de la mañana del día anterior, y poder entregar a tiempo su carga de
café, repartida en sus doce mulas.
Cuatro días de camino entre trochas,
riachuelos, caminos enlodados, y fondas donde arrimar y tomar unos cuantos
rones o aguardientes; iba cumpliendo hasta ahora; solo faltaba un día más para
llegar a la gran ciudad donde tenía que dejar su carga, y ésta poder ser
transportada por tren hasta el puerto y de allí ser embarcada vía marítima
hacia el destino europeo.
Una lluvia pertinaz le acompañaba, su mulera
puesta, le cubría una parte de su lóbrega existencia y evitaba que su cuerpo se
empara del todo, parecía una sombra más entre los relámpagos que empezaban a
sonar entre las montañas que debía de cruzar, sus mulas caminaban una de tras
de otra como larga cadena de pensamientos que se agolpaban en su cabeza. Su
familia; una esposa, doce hijos que lo esperaban y que oraban junto a una
imagen desteñida de la virgen de los remedios, que colgaba en un rincón de la
habitación para que su caminar sea tranquilo, para que su manto le cubra y
proteja en su travesía, para que no le sucede ningún mal y algún peligro y
pueda regresar a casa sin ningún contratiempo.
Su casa quedaba en medio de una explanada,
rodeada del frondoso árbol de níspero, una huerta casera y un largo sembrado de
café que se perdía a la vista, surcando el camino de entrada.
Una gran chimenea, por donde, siempre a las
cuatro de la mañana, escupía bocanadas de humo gris, el cual, empezada a salir
sin prisa, hasta que la corriente cálida que subía se los llevaba formando
figuras que se desvanecían ante las miradas. Dos cuartos grandes se comunicaban
entre sí, por una pequeña abertura que carecía de puerta, una cortina hecha de
retazos y sujeta por una cuerda, hacía las veces de ella. Sus retazos de
colores, formaban una hermosa flor con grandes pétalos, y servía de mensaje
paras sus habitantes, los hermanos; desde las camas, cinco en total, esta flor
se desfiguraba y en la mente de cada uno de nosotros se formaba una imagen
diferente, para los mayores podía ser el presagio de un destino, descolorido y
desolado, una puerta astral para visitar mundos mágicos, llenos de aventuras y
mil experiencias; para los menores un sueño de colores, un viaje hacia la
ciudad llena de calles, aunque fueran pocos, una fuente de soda donde comprar
un helado o un pequeño parque donde dejar correr las energías y sudar, no solo
de cargar canastos llenos de café, yuca o plátanos, sino de jugar y deambular.
La cocina era grande, más grande que las habitaciones,
un fogón de leña con tres huecos por donde salía la candela que hacían cocinar
los alimentos. Estaba construido de ladrillo y barro, empañetado con argamasa
de tierra húmeda, residuos de fibras de fique, estiércol de equinos y bovinos
que, el “Arriero” y su prole, amasaban con sus pies, dándole la mejor
consistencia y firmeza, para que no se despegara con el calor de la madera
ardiente que trepidada en su interior.
El
fogón ocupaba la mitad de la cocina, al lado de la chimenea una gran ventana
hacia las veces de cuadro decorativo, en donde se vislumbraba la colina, llena
de árboles de guama, una parte del guadual y unos cuantos palos floridos de
café, terminan por cerrar la vista, desde el interior de la cocina. En la noche
la vista era franqueada por una gran ventana hecha de orillos de ceiba, que
había sido acerrada desde los tiempos del abuelo, con un gran trocero, cuyo
cuerpo metálico yace como recuerdo en la pieza de los trebejos localizada al
lado de la despulpadora de café, a unos cuantos metros del camino de entrado a
la casa.
La habitación del “Arriero” y su esposa, era la
más pequeña, contigua a la cocina, se accedía por dos puertas pequeñas, una
hacia la cocina, y lo otra, localizada en medio de un gran corredor,
pavimentado con enormes ladrillos de barro sin quemar, dándole una bella
apariencia adoquinada.
Su esposa, de mediana estatura, figura fuerte y
brazos cortos, cabello liso, cogido con una liga de color negro, formaba una
manta negra atrás de su cabeza y le daba un tono de matrona, en ocasiones, se
colocaba una pañoleta de color rosa, dándole un toque ceremonial de un ser
maravilloso sacada de los cuentos de “Gorky”. Su mirada tenía la dulzura y el
encanto de un ser maternal, el negro claro de sus pupilas contrastaba con sus
ideas, siempre diáfanas y translucidas. Su voz un manantial de armonías, nunca
se vio obligada a levantarlos o llegar hasta los gritos, sus órdenes se
cumplían sin discusión y con la mayor rapidez; todos le teníamos un gran
respeto, haciendo de sus mandatos ley que se llevaban a cabo en la mayor
brevedad y siempre con la mejor intención. Su caminar era lento, pero seguro,
cojeaba de su pierna izquierda, debido a que cuando niña sufrió la enfermedad
llamada gota que atrofió esa extremidad, quedando deteriorada la articulación
de su tobillo. Lo cual no le impedía para desplazarse entre los cafetales,
recoger leña, buscar huevos en el gallinero y hasta coger café, cuando era
necesario.
Su figura se confundía en la distancia, como una
sombra ágil y en busca siempre de alguna tarea, desde que despertaba, a las 4
de la mañana, hasta que anochecía, nunca dejaba de moverse, solo el sueño
reparador aquietaba su ímpetu de hacer cosas.
Era buena lectora, contaba que el abuelo, o sea
su padre, no confiaba mucho en las mujeres, una vez nos dijo que su padre
afirmaba que “las mujeres son pesetas falsas,” y solo les daba estudio a sus hermanos;
en las tardes, después del algo; éste consistía en arepa, chocolate u otro tipo de
alimentos, que se repartía a eso de las tres de la tarde; luego, nos reunía
para contarnos bellas y maravillosas historias, y fragmentos de novelas, que
había leído al escondido o en las noches a la luz de una vela de cebo.
La madre del “Arriero” había muerto cuando este
contaba con unos cuatro años y medio, su padre se juntó a vivir con otra mujer,
la cual no lo trataba bien, y a esa edad decide abandonar el hogar e ir a
buscar el destino en diferentes partes de la geografía colombiana. Era hijo de
nadie y soñador del destino, buscaba en cada rincón un lugar donde quedarse,
pero no echaba raíces, y como el viento antes del vendaval levantaba las hojas
de su vida y volaba hacia otro lugar donde descansar y aprendió que las
circunstancias son más importantes que las ideas, por eso solo pudo aprender a
estampar su firma, la cual escribía de memoria, y que aún conservo en su
registro de cedula de trabajo en el pueblo donde trabajó como aseador de sus
calles. Otra vez, lo vi dejarla en el libro de registros en la entrada a un
museo.
A las cuatro de la tarde, llegaba a la fonda
“El descanso”, una casona de seis techos y cuatro corredores, con sus grandes
puertas de madera abiertas de par en par dejaba salir la música montañera,
corridos, valses, tangos, milongas y demás, salían hacia los caminos, ya que
esta fonda se encontraba en medio de la bifurcación de tres senderos que
conducían, uno a la montaña sin regreso, otro al pueblo con destino, y el otro
a la finca del gamonal.
Aligeró su paso, para poder descargar sus mulas,
dejarlas al cuidado en la pesebrera y guardar su carga. Un salón enorme se
mostraba a su vista, el tendero, conocido suyo, lo saluda con respeto y le
muestra donde dejar los sacos de café. Doce mesas de madera surcaban el
escenario y cada una con cuatro butacas, también de madera terminaba de adornar
el sitio. Un mostrador enorme dejaba entrever las diferentes clases de
comestibles y enseres para la venta; detrás del mostrador liso y adornado con
unas cuantas herraduras, se veía unos estantes llenos de botellas de licor,
arroz, bolsas con azúcar, y otros productos comestibles que se ofrecían en la
fonda. Aun lado de la entrada al mostrador, hacían presencia tres grandes sacos
medio llenar, uno con arroz, otro con maíz y el ultimo con frijol. Preciso en ese instante le vino a su memoria
el suceso de donde escondería el revolver que cargaba y que la guardia liberal
o conservadora le iba a decomisar, porque estaba prohibido portar armas de
fuego.
Descargó con rapidez los veinticuatro sacos
tres rayas, llenos de café, y los fue acomodando, en un estricto orden, en el
rincón de la habitación que el posadero le había indicado. Los fue numerando
para que no se confundieran los de otros arrieros que ya habían dejado su carga
allí. Luego entró al gran salón, buscó una mesa solitaria en un extremo, tomo
asiento y pidió un trago de aguardiente. Mientras en la rocola; la cual dejó
sin uso al picú o tocadiscos, recién traída de la capital, sonaba el corrido
“Era un domingo” de los Alegre Carrilera, su mente lo llevó hasta aquel domingo
que nunca pudo borra de su memora, y los recuerdos fueron pasando uno a uno,
como mágicas páginas a color desteñidas por el paso de los años, y los tragos
de aguardiente que llenaban su sangre, desteñían sus sentidos y su existencia si
hizo más volátil, mientras se iban inervando con algo de agrado sus neuronas.
Ese domingo había madrugado al pueblo a cambiar
la docena de canastos, se me olvidaba decir que también era buen tejedor. Fabricaba canastos de todos los tamaños, los
cuales hacía con bejucos traídos de la montaña; yute, tripa e perro, de agua,
bejuco loco, picador y otros cuya característica y corte solo él conocía. También
los fabricaba con cintas de guadua.
Iba a canjear la docena de canastos por la
remesa de la semana, la cual amarraba en el lomo de su mula y la saltaba camino
arriba; la mula conocía el camino y llegaba con la carga hasta el gran patio de
la casa, donde sus hijos y su mujer desataban el costal y guardaban los
alimentos que debían ser consumidos durante los días siguientes. Él subía a
pie, como siempre, entrada la noche hasta su casa.
Después del canje y haber despachado la mula
hacía su casa, caminó dos cuadras hasta el bar de Don Alfonso, se tomó unos
aguardientes y viendo que empezaba a oscurecer, pago la cuenta, tres pesos y se
encaminó destino a su casa. Algo parecía inquietarle, no era la noche que
amenazaba con arroparlo con su negro manto, y le impedía ver las grandes hojas
de las matas de lulo que, sembradas en un hermoso cultivo protegido por la
cerca de madera y alambre de púas, parecían hablarle con sus movimientos y
explicarle con sus murmullos lo que estaba sucediendo.
Su caminar se hacía lento, y sus pasos parecía
que no rendían, el camino ascendía por la pequeña colina, bordeaba un frondoso
guadual por donde transcurría en silencio y cristalino una pequeña corriente de
agua, la cual tenía que franquear, pasando por entre dos troncos que surcaban
el cauce, como gran equilibrista y conocedor de aquel paso, atravesó sin problemas
el riachuelo. Desde el recodo del camino, después de caminar unos quinientos
pasos, se alcanzaba a ver la entrada a su casa. Pero no se podía ver la
construcción porque el camino giraba a la izquierda rodeando una pequeña
montaña, donde se escuchaban el canto de las aves.
Había un gran silencio, y una nube de humo
presagiaba algo inusual, sus sentidos se agudizaron al ver que el humo cambiaba
de rumbo y formaba en el firmamento unas imágenes algo raras para su
entendimiento. Apresuró su caminar y para no tener que rodear la montaña tomo
un atajo que le conduciría directamente a la entrada de su hogar. Su mente
presentía algo, su cuerpo le decía que debía correr, su piel sudaba más de lo
común. Al terminar el atojo y llegar a la entrada de su casa, vio con gran
preocupación que el humo salía del sitio preciso donde estaba ubicada su hogar.
Todavía le faltaban unos quinientos metros para llegar hasta el patio, encontró
en su recorrido a su mula que bajaba a toda carrera, las gallinas esparcidas
por los cafetales revoleteaban en eterno frenesí, sus hijos ya no estaban, su
mujer tampoco. Vio como llegaba al final
su casa construida con sus manos y la de los hijos mayores, con la mejor de
madera, que había encontrado, y tumbado a puño, hacha y trocero, ahora solo
veía, en medio de sus lágrimas, en lo que se había convertido su casa. No había
habitaciones, la cocina terminó derrumbada, y donde quedaba su habitación, se
calcinaba la imagen de la virgen de los remedios con una llama de color verde
violeta, haciendo que su mirar se desvíe por el cambio de color en las llamas
que lentamente se estaban apagando.
Sus manos en la cabeza, y su nostalgia a flor
de piel no podían creer que en pocos minutos se había consumido el trabajo de
varios años.
Recordó como con ayuda del trocero de su padre,
lo único que había podido rescatar del último encuentro con él; habían
derrumbado un gran nogal, de donde, con ayuda de sus tres hijos mayores, habían
recortado los tablones, tablas y orillos con los cuales estaba construido ese
hogar, y que ya no existía.
Una pregunta empezó a trepanarle su cabeza,
¿Quién había sido y por qué? ¿Qué persona o personas, serian tal malvada para
prenderle fuego, quien quería acabar con lo poco que había cosechado durante
los siete años que llevaba en esa finca? ¿Qué pensamiento o ser malévolo se
había ensañado para destruir lo que había construido con sudor y algo más?
Derrumbado en su sentir, deambuló, casi
automáticamente alrededor de aquel lugar, ahora convertido en escombros
humeantes, residuos de una vida, testigos carcomidos por el fuego, recuerdos
esfumados en una hoguera, nostalgias borradas en bocanadas de humo, momentos de
calor que ahora ardieron en las llamas y se confundieron pasando a ser solo un
rescoldo de cenizas sin recuerdo.
Caminó
lentamente y sin prisa, rememorando en cada paso, cada una de las situaciones
vividas en compañía de sus hijos y su mujer; la compra del primer marrano, la
construcción de la cochera, la ampliación del gallinero, los cuales ahora son
testigos sin voz ni voto en la junta del destino.
Terminó su recorrido, justo donde estaba la
cocina, y recordó su construcción, las guaduas cargadas al hombro, las
esterillas hechas con ellas, la argamasa para cubrirla y el gran fogón echo con
ladrillos sin quemar; el cual quedaba en pie, como testificando su
fortificación y diciendo que aún puede ofrecer algo de calor.
La noche empezó a cubrirlo todo, las sombras
avanzaban con lentitud y llegaban hasta su corazón, inundando con penumbras los
sentimientos encontrados que se agolpaban en su interior.
Cansado, sudoroso al recibir las emanaciones
radiantes de los escombros de lo que era su hogar, quedó en silencio, se sentó
a la sombra de un cafeto y esperó hasta que las ultimas brasas se apagaran.
Veía en cada resplandor un sentimiento, que se elevaba al firmamento y con
queja lastimera gritaba al universo de la noche su enfado, y así fueron pasando
las horas, dejando escapar en cada suspirar su existencia. La media noche llegó
con su silencio y en mudas lágrimas se fue despidiendo de sus recuerdos. Sus
ojos cerrados, seguían emanando remedos de lluvia, queriendo convertirlas en
grandes aguaceros que apagaran de una vez y por todo, el incendio que llevaba
dentro. Lentamente, volvió a recorrer aquella instancia y su giro alrededor de
lo que quedaba de su hogar lo llevó al infinito y voló como las llamas que
consumieron su destino.
Amanecía, las sombras, ultimas de la noche,
parecían huirles a los rayos de luz que se filtraban a través de las nubes, y
al clarear el día su familia lo encontró tendido en medio de la nada, o mejor
debajo del cafeto que sostenía en sus ramas sus lamentos. Su cabeza llena de
hojarasca, flores marchitas de café hacían de su presencia la apariencia de un
ente de otro mundo, sus ojos hinchados y rojos se abrieron y no pudo llorar
más, había derramado toda su amargura, sus glándulas lagrimales resecas, eran
testigos, además de su impotencia, de la gran lucha, que tuvo al tratar de
apagar los últimos tizones, que fueron minando su potencial hídrico hasta
dejarlas vacías, sin una gota del preciado líquido.
Lo abrazaron, le reconfortaron con su
presencia, le animaron y le arroparon con sus manos, sacudieron su cuerpo,
retirando las pavesas que aún quedaban en su mente, limpiaron la hojarasca que
en parte le cubría y saliendo en una interminable procesión, iban
dejando atrás, no solo los recuerdos, sino las cenizas de sus esfuerzos y
trabajos.
El “Arriero” junto a su familia, cargando la
tristeza y la infamia se acercaron al potrero donde estaban las mulas, estaban
allí, pastando tranquilamente. El hijo mayor, bajó corriendo hasta el cobertizo
que no se había quemado y recogió los aparejos de las bestias.
Ahora cada miembro de la familia a lomo de cada
uno de los cuadrúpedos cabalgaba sin rumbo. Al llegar al pueblo, la noticia ya
era conocida por todos, la chusma le había quemado la casa con todo adentro al
Arriero. Y al verlos pasar, un poco de lástima llegaba hasta ellos.
El Arriero y su familia se perdió por el camino
de la derecha de la fonda, lugar donde terminaba el pueblo, aquel que conduce a
la montaña sin regreso.
Averiguando, un año después, quien había sido,
el causante del incendio de la casa del “Arriero” se llegó a la doble
conclusión que había sido la chusma conservadora, o la chusma liberal. Esto se
atribuye al hecho que, en alguna ocasión, le habían detenido en su deambular
por los caminos, y a la pregunta a qué partido político pertenecía, él les
contestó; soy de la L (ele). Laureanista, o Liberal.
Esta respuesta fue la que desencadenó la ira de
la chusma (grupo de personas que actuaban en representación de un partido
político, generalmente de corte liberal, que perseguían a los conservadores, el
estado o las fuerzas militares) conservadoras(Laureanistas) y
Liberales. Es decir, no tomó ningún color político de la época: azul y rojo.
Al llegar al final de las notas de la canción; el
corrido era un domingo; el arriero sintió posarse en su hombro una mano, pesada
y tosca, que lo trasladó de nuevo al presente. Haciendo alejar de su memoria
aquel suceso que marcaría su vida, y le haría tomar nuevas decisiones y otros
rumbos a él y su gran familia. Era el cantinero que le decía que era hora de
cerrar. Se levantó, pago la cuenta y entró en la pieza, alquilada para pasar
allí la noche, se acomodó en su cama, tenía que dormir bien, mañana temprano
debía de salir, cargar sus mulas y terminar el último día de camino que le
faltaba para llegar a su destino.
El “Arriero” pasó sus últimos días, sentado en
el umbral de la puerta de su nueva casa, amplia e iluminada, se acomodaba cerca
a la salida en un gran corredor que daba a la calle, en una silla echa con
madera de Guácimo, (también fue carpintero); allí pasaba largas horas
discutiendo, recordando, charlando y riéndose, con su amigo Hipólito sobre:
política, los liberales, los conservadores, el libertador Bolívar y el famoso sangre
negra que azotaba con sus muertes (corte de franela) la región. Y
siempre terminaban cada con su frase: “Esto
también pasará” y “Vendrán tiempos mejores” Hasta que llegó un día a
mediados de febrero de un año incierto, que la amiga muerte reclamó su cuerpo
material, dejando que su flama blanca espiritual volara hacia los brazos del
creador.
BAGO-
23 marzo 2020
Agobardo
Bohórquez Puertas
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