CUENTO DOS
El
PADRINO
Ricardo, así se llamaba mi padrino.
Cariñosamente la mayoría de las personas que lo conocieron, le decían:
“Ricardito”. Era de estatura baja, pelo aindiado corto y grueso, descendiente
de alguna de las tribus que habitaron la llanura del bajo Tolima, o enrazado
con alguna etnia de los Pijaos. Cara redondeada y fina, ojos negros profundos
de un mirar taciturno como tratando de encontrar en la distancia alguna luz
para su horizonte desconocido. Su voz más suave que el caer de una cascada en un
manantial de gotas del precioso líquido. Llevaba siempre puesto un pequeño
sombrero barbisio de color negro, de ala corta y vitola pequeña. En su boca
brillaban al abrirse con una tonalidad aurea, porque en cada segundo premolar
del hueso maxilar superior tenia incrustaciones del metal precioso. Su figura
menudita pasaba inadvertida en medio del discurrir de los transeúntes en las
calles de la Victoria, pueblo semirural campesino que empezaba a convertirse en
uno de los más importantes de la región del gran valle del cauca. Su voz
pausada y suave hacia el contraste con su personalidad, haciéndole ser un ser
existencial temeroso de la ira del Dios creador. Aunque nunca me consta que era
devoto de asistir a misa los domingos.
Era conocido de mis padres y de mis hermanos
mayores, quienes lo conocieron un día de mayo cuando recolectaban café en una
de las fincas de mi abuelo materno. Era buen cogedor de café decían mis
hermanos, Alfredo y Raúl.
Ahora la circunstancia del destino los había
reunido de nuevo. Desde mi bautizo, el padrino se había marchado, tomó un rumbo
diferente al de mi padre, y ahora en la plaza de mercado de del divino Hecce
Homo se volvían a encontrar.se abrazaron estrechamente y compartieron en la
plazuela una gran taza de café con un par de enormes buñuelos que no cabían en
un plato y tenían que comerse uno a uno. Más de una vez, los domingos, antes de
hacer el mercado en el interior de la galería, en el granero “Santa Ana”, mi
tocó a mí hacer lo mismo en compañía de mi padre, saborear esos deliciosos
manjares.
Ahora después de nueve años vine a conocer a mi
padrino. Todo ese tiempo sin a quien pedir la bendición, o como decía o hacía,
mi hermano: “padrino deme cinco” Padrino la bendición y le estiraba la mano
esperando alguna moneda.
El encuentro en la plazuela fue cordial y
saludable, el padrino había comprado una finquita en la cordillera central
camino a Montebello, en la vereda llamada la Garza. A unas dos horas y media de
recorrido, desde la plazuela hasta la vereda, en las chivas de don Alfredo, o
en la de don Tomas, las cuales iniciaban su recorrido desde las seis de la
mañana, pero en sentido contrario, una salía desde Montebello hacia la
plazuela, y la otra desde la plazuela hasta Montebello. La carretera destapada,
casi en su totalidad, parecía una gran herida hecha en las entrañas de la
cordillera central, y desde la silla de la chiva, semejaba a una gran serpiente
de color naranja ondeando sobre las laderas las de las montañas, cubiertas de
vez en cuando por la tupida arboleda que bordeaba el camino.
La tierra, o finquita, como decía él, comprada,
constaba de unas nueve plazas, para acceder a ella, se entraba por la parte
posterior de la fonda de la “Garza” y tenía que descender entre cafetales por
un sendero bordeado de alambre de púas. La caminata duraba unos veinte minutos.
De regreso era más tiempo, porque era subiendo.
La finca lindaba por el occidente y oriente con
dos enormes cañadas que dejaban en el ambiente su bramido espectacular y
formidable, por el norte un espeso monte virgen con grandes guarumos, quiches,
nogales, gualandayes, nacederos, caracolíes, chirlobirlos, balsos, chochos, palmas
variadas y demás arbustos que formaban un hermoso ecosistema con su fauna
característica. Y por el sur, por donde era la entrada, la finca de don Miguel,
el cual nunca conocimos, solo al agregado, un campesino muy amable de nombre
Gustavo, quien era la persona que estaba a cargo de la finca sin ser el dueño.
El terreno estaba sembrado en su mayoría con
palos de café. Un pedazo en plátano, que mostraba su abandono, y el resto unos
matorrales y rastrojos, cerca de las cañadas, encontrábamos unas cuantas matas
de lulo, ahí vine a conocer, como era la cosecha de esa maravillosa fruta, que
en nuestra casa eran casi desconocida.
Todo iba muy bien con la visita, hasta que
preguntamos por la casa, la finquita “no tenía casa” “no tenía casa.” Los
visitantes, mi padre, mis dos hermanos y yo, nos miramos aterrados, y
confundidos, volteamos a mirar al padrino y este, levantando las manos al cielo,
como pidiendo misericordia, repetía una y otra vez, no hay casa, no hay casa.
Durante la negociación no le había dicho que era solamente el terreno, sin una
vivienda. Como buen campesino fue engañado. Habían abusado de su confianza.
Seguimos caminando, reconociendo todo el lugar,
mi padre y mis hermanos encontraron una explanada en medio de dos pequeñas
colinas, desde donde se divisaba la mayor parte de la finca, y ahí fue donde se
fijó el sitio para construir la vivienda.
Mi padre colocándole una mano en el hombro al
padrino, le ofreció, allí mismo construirle una gran casa con la madera que se
extrajera del bosque cercano.
Volvimos al sendero y de regreso a la fonda, el
silencio era el mejor compañero del padrino y su compadre, de mis hermanos y el
ahijado. El mutismo de los caminantes contrastaba con el canto de las aves:
gorriones, guacamayas, azulejos, tiranos, ciriríes, bicho fue gritón, mirlas y
cucaracheros. Los cuales entonaban sus hermosas melodías haciéndonos el caminar
más placentero y menos duradero.
Llegamos a la plazuela a eso de las cuatro de
la tarde, acordamos, que al día siguiente estaríamos desde temprano
construyendo esa casa.
A las
seis de la mañana estábamos en la plazuela, montados en la chiva de don Tomás,
esperando su arrancada, destino la finquita, tarea construir una casa.
La chiva empezó a subir por las primeras
rampas, de lodo jabonoso, había llovido toda la noche y grandes logos de color
ocre y naranja circundaban la carretera. Llegamos a la Garza a la nueve de la
mañana, y a las diez, estábamos dentro del bosque, armados con hachas y un gran
trocero, que viajó, primero en la capota de la chiva y luego a lomo de un
caballo que amablemente nos prestó don Miguel, para que bajáramos las cosas
desde la fonda hasta el sitio donde se iba a construir la casa. Una gran
explanada que solo tuvo que rosarse y limpiar con azadones para ir afirmando el
terreno.
A los cinco de la tarde, jadeantes y sudorosos,
teníamos unas cuantas tablas acerradas y unos cuantos cuartones de nogal, había
empezado bien la tarea.
Se vislumbraba la tenebrosa primera noche, no
lo habíamos pensado antes, donde dormiríamos, la inquietud se fue apoderando de
nuestras mentes, y el sosiego convertido en incertidumbre nos hizo aterrizar a
la realidad.
Nuestro padre de había quedado en Montebello,
en la finca de “Leo” pues, estaban cosechando en compañía dos tajos de papa y
debía estar allí para ver como estaba la siembra. Don miguel, no estaba para
pedirle posada, y como nos enteramos luego, esa noche tenía la visita de unos
familiares en su casa, es decir, no podía brindarnos alojamiento.
Con las sombras encima casi, y con algunos
nubarrones amenazantes de lluvia, mi hermano mayor tomó la decisión de
construir un gran cajón con la madera que habíamos acerrado, y dormir dentro de
él. Fue así como pasamos esa primera y segunda noche metidos en ese gran
rectángulo con olor a madera fresca y con nuestros maletines como almohadas.
Encima de la especie de caja mortuoria que no era, le colocamos un plástico
negro atado a estacas en los cuatro extremos para que la lluvia no perturbara
nuestro soñar. En las madrugadas el viento soplaba infamemente y en grandes
agudos y graves silbidos entraba por las rendijas y nos hacia
Despertar, el plástico quería elevarse y su
sonido flamante era más tétrico aún.
Empezaba el tercer día, y ya teníamos
adelantado una gran habitación, que con el tiempo dividieron en dos, y el techo
se fue moldeando con tejas de cinc que habían traído cuatro mulas por encargo
del padrino.
Luego construimos la cocina, el lavadero y la
letrina. El agua llegaba desde muy abajo por largos tubos negros enterrados
como intestinos en la senda del camino, ésta era empujada hasta la casa por un
ariete hidráulico colocada en un extremo de la cañada.
Finalizando la semana, teníamos la tarea
encomendada realizada, regresamos a la plazuela el sábado en la tarde. El pago
del trabajo, no sé cómo fue saldado, la negociación entre mi padre y el padrino
nunca supimos de ella, ni cómo ni cuánto. Lo cierto fue a los días nuestro
padre manifestó que fue un gran trabajo y el padrino estaba orgulloso y
agradecido.
En cuanto a la alimentación de esos días, diré
que el almuerzo fue contratado con don Miguel el cual religiosamente nos
llevaba, o lo mandaba con uno de sus hijos, un joven casi de mi edad, recuerdo
que llevaba siempre un sombrero de paja muy grande para su cabeza y una
cubierta de cuero marrón ceñida a su cintura, con muchos ramales donde guardaba
una peinilla tres rayas veinte pulgadas. En cuanto a los desayunos, los algos y
las comidas, habíamos llevado algunos utensilios de cocina, y en fogón
improvisado pero eficaz, calentábamos agua en una olla, hacíamos café o
chocolate y huevos revueltos con pan o galletas.
Al cabo de tres años, estaba de regreso, en
compañía de mi padrino, iba a pasar las vacaciones estudiantiles en la finca.
La encontré muy cambiada, había tres habitaciones, y una más pequeña donde
guardaban los insumos agrícolas y donde me tocó dormir, combinando mi respirar
con el olor a urea, fertilizante triple quince, gasolina, y otras sustancias de
uso común en las fincas cafeteras. Mi padrino y su esposa Rosa, ocupaban una de
las tres habitaciones, en la otra se alojaban los tres hijos del padrino,
Ricardito, el menor, Evertulio y Leonidas el mayor. Y en tercera habitación
estaba ocupada por el hermano del padrino y su mujer, que habían llegado para
ayudar en la recolección de la cosecha que estaba en pleno furor.
Esas vacaciones, el sitio de dormida, las
caídas de las tardes, los bellos amaneceres y los hermosos paisajes, junto con
el largo recorrido en la chiva, extasiado desde la ventana veía pasar infinita
gama de colores, como si fueran miles de arco iris en mis retinas, fueron
alimentando mis pensamientos y forjando una visión de futuro que me esperaba. Y
quería que llegara.
Una tarde, sentado en una gran roca en medio de
la cañada “Rabo de Ají” así la bautizó el padrino, viendo pasar el torrente
cristalino deslizarse lentamente con su espuma chispeante empapando la
vegetación y rocas de los lados, dejaba escapar mis sentimientos y encaminaba
hacia el futuro los pasos venideros.
En la colina cercana en donde me encontraba, en
una falda repleta de palos de café, Ricardito y sus dos hermanos realizaban su
faena, limpiando de malezas el suelo con un azadón y cogiendo el café los
otros, visualicé hacia el mañana y nos los vi como campesinos cafeteros en sus
rostros estaba la marca sutil de la ciudad y ella se empañaba cada día a
llamarlos más y más.
En honor a mi hermano Joaquín, quien construyó
más que casas, quioscos calles, diques, edificó mis ilusiones.
AGOBARDO BOHORQUEZ PUERTAS
Abril 01 -2020
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